Coloqué la nota, en la parte alta de la refri, antes de salir de casa. «Me voy, pueda ser que no regrese, al menos cuando pueda tomar mis propias decisiones». Eran cuatro de la mañana y aun no conseguí un lugar para pasar la noche, ni eso podía decidir. Avancé dos cuadras más, giré y tomé aquella avenida dirigiéndome a lugares que no frecuentaba. Hostal Rosedal, ingresé. El encargado, no despegaba sus ojos de la computadora. Dejé el billete de cincuenta dolares, nuevamente lo guardé. Mejor no, pensé. Agradecí y salí mirando el piso de madera. Así que volví por el mismo lugar, hasta llegar a casa, fui al refrigerador, tomé la nota y la guardé en el primer cajón, al lado de los cubiertos. Ya en mi habitación, dejé mi maleta al borde de la cama, donde también me senté y me fui deslizando hasta quedarme dormido. Al día siguiente, a la misma hora, la nota, la caminata, el hotel, y el regreso a casa, para guardarla y luego dejarla en la refri.


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