No le hice caso a papá. Era casi media noche, regresaba de un bar, había tomado. Me senté en la parte de atrás del taxi. El chofer arregló el espejo retrovisor y nos mirábamos cada cierto tramo, observando los movimientos, cada uno por su lado, calculadores los dos, hasta que se detuvo. Ambos quedamos quietos por un instante y nos apuntamos la frente con un arma, ambos teníamos calibre 38, y a la vez nos gritamos: «Dame tu plata».


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