Cada hora que pasaba nos acercábamos al objetivo, cuatro meses y medio navegando por las aguas del atlántico para llegar a buen puerto, al Puerto de Palos.
Tierra a la vista, grité. Algarabía entre los tripulantes, éramos quinientos descendientes de incas, taínos y mayas desembarcando con costales y alforjas vacías buscando la revancha.


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