
Sólo me quedaba una bala. Cuatro personas temblaban de cada movimiento, el cañón reposaba en mi sien. Mis pulsaciones aumentaban cada segundo, pasé saliva y disparé. Abrí los ojos. Sonreí. Entregué el arma al siguiente, me arrodillé, miré al cielo, luego se nubló todo y caí.

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