Realizó un giro casi perfecto, luego saltamos, y volteó a la derecha mirándome fijamente a los ojos. Me sonrió. No entendí por qué lo hacía. Tocó mi muslo y luego la cintura. En algún momento pensé en un baile, pero luego lo oí conversando por teléfono con mi padre, pidiendo miles de dólares por mi rescate.


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