
Toqué la puerta tres veces. Esperé. Con una moneda golpeé el vidrio. Nada. Impaciente, tiré piedritas a la ventana de su habitación. Debe estar durmiendo, pensé. Vi un rostro asomarse. ¿Papá?
Mi madre abrió; deslizaba sus manos en el vestido y arreglaba su cabellera. Dejé los libros sobre la mesa. Y la puerta trasera se cerró. Recién en ese momento, me abrazó.

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