
No debiste hacerlo, santo padre. Quedé petrificado cuando vi tras la ventana y se detuvo para mirarme. Llevaba puesto un vestido rasgado de novia y cargaba una muñeca. El cabello le cubría el rostro. Vociferaba y maldecía, golpeando el vidrio manchado de saliva. Tocaste mi hombro, me hiciste la señal de la cruz. Esta noche, en la ventana maldita… Por ti.

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