
Aquel hombre avezado caminaba por una gran avenida abarrotada de vehículos. Los autos pasaban muy cerca de él o frenaban a pocos metros. Algunos conductores se detenían para insultarlo, pero él seguía su rumbo, mirando la pista y sin importarle nada. Un auto frena muy tarde y atraviesa su cuerpo, luego otro y otro. Hubo un breve silencio y luego gritos. Él seguía de pie, caminando al mismo ritmo. (Los muertos también merecen vivir en paz).

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