
Nunca creí en Santa Claus ni en los regalos, era 24 de diciembre y faltaban pocos minutos para media noche. A lo lejos se escuchaba el estruendo de los fuegos artificiales. Alguien abrió mi celda, era el guardia del pabellón, me dio un abrazo y se retiró; dejando la puerta esta vez… abierta.

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